La ascensión espiritual puede comprenderse como una ampliación de la conciencia que vuelve más honesta la vida concreta, no como una huida de los límites, los vínculos o la responsabilidad.
La paz profunda no siempre llega como éxtasis espectacular; muchas veces aparece como una quietud sobria que puede sostenerse incluso dentro del movimiento cotidiano.
La ascensión cotidiana no es una fuga hacia lo invisible, sino la capacidad de convertir cuerpo, trabajo, vínculos y decisiones en materia viva de conciencia.